sábado 29 de noviembre de 2008

64. OS INVITO A CENAR


Al año siguiente de la broma... más o menos hace 15 años...


...Ya abandonado el nido de mis hermanas, y habiendo probado estar sola un tiempo sin que hubiese funcionado, un amigo de siempre -diez años más mayor que yo- me ofreció su casa para vivir un tiempo... El lugar en cuestión eran dos viviendas unidas por un patio inmenso. Una planta baja, super antigua, de habitaciones amplias y techos eternos.
Lo compartía con otro chico, muy creativo al igual que él.
Miles de dibujos decoraban las paredes; espirales, corazones, flores... Colchas vistosas, cortinas de colores chillones, muebles reciclados por ellos y reliquias de adorno componían la estancia. Ellos se estaban recuperando de “problemillas de salud y de no quererse demasiado”.
Yo, en cambio, la más sana del mundo -ni alcohol, ni noche, ni drogas-, me incorporaba a sus vidas para dar un toque de frescura y control a sus días. No quería saber nada del mundo masculino y como a estos amigos no les interesaban las chicas -en el campo de la pareja, digo- pues matábamos varios pájaros de un tiro conviviendo los tres juntitos...
El dueño de la casa, cocinaba un poco como el culo, la verdad. Pero lo hacía todo con tanto cariño, que no éramos capaces de permitirnos un “no” cuando le daba por jugar con las ollas. En realidad es que éramos un poco pobres, para variar, y se guisaba con un poco de todo lo que se tenía. Yo me quejaba del “bolondro que cocinaba con mi hermana Eva”, pero después de conocerlo a él, cualquier cosa mala antes tragada era un capricho de dioses... (doce años más tarde, se ha convertido en un gran cocinero y trabaja en Barcelona. Claro que yo, la faceta que conocí, fue la de “doce años atrás”...).
La primera vez que noté un sabor rarillo a su comida, salada como sus indios, me callé la boca. Fue el otro compañero de piso el que hizo el comentario con la sonrisa torcida por el “exceso de cloruro de sodio” en la salsa... Además, una especie de lonchas blandas amarillentas flotaban en el jugo de aquel extraño sustento. Ya que durante los primeros años de mi infancia aprendí a tragar con agua los alimentos que detestaba, hice caso omiso al comentario y engullí como buenamente pude mi ración de rancho sin perder la compostura.
Al recoger la cocina y vaciar los restos de los platos en la basura, descubrí una bolsa vacía de patatas onduladas “sabor jamón”. ¡Eso era lo “salado” del potingue que nos puso para almorzar, y las cosas esas fofas que navegaban en el caldillo...! Había echado el paquete ese para darle “sabor”, por lo que se veía... Aunque asqueroso, al menos ya sabía a ciencia cierta lo que había engullido. Peor era la duda...
Supe entonces que teníamos que tener mucho cuidadín cuando el jefe de la casa se sintiera poseído por el espíritu del pollo a la Pantoja.
Una compañera de estudios vino de visita, y el aprendiz de Arguiñano se ofreció a preparar una gran cena. Socorro.
El mantel estupendo, la temperatura de la noche maravillosa... y la cocina ocupada en la preparación de una “pasta con carne y tomate que os vais a chupar los dedos”- repetía una y otra vez. (yo ya teníaa abandonada la carne en mi dieta, pero por educación lo dejé pasar)
Oler, olía bien. Mentiría si dijese lo contrario. No obstante, mis orificios nasales detectaron una de esas “rarezas” a las que no acababa de acostumbrarme. Me dije que sería por el avecrem.
Los macarrones estaban “al dente”, y la salsa deliciosa... Y, para variar, unas cosas extrañas flotando que no me sonaban a nada ni en el sabor ni en la forma. Como si hubiera echado una salchicha la mitad de fina que las frankfurt corrientes, pero cortada a trozos de un centímetro y medio. Debía ser la “supuesta” carne que titulaba su plato. Recordaba perfectamente que había mencionado “carne” y tomate. Pero a mí no me recordaba el sabor a ningún animal de nuestra cocina mediterránea.
Mi amiga, discreta, comentó:
-¿Y qué carne dices que es ésta?-
El otro, con cara de importante, pero sin mirarla a los ojos -lo cual me hizo sospechar que había gato encerrado- manifestó:
-...Ejem... ternera...-
¿Ternera?- me dije. Tardé menos uno en agarrar mi comida con cara de descomposición y volar a la cocina. Porque SÉ perfectamente cómo es la textura de la ternera, y “ESO” no era ternera ni de coña...
Era más bien gelatinoso, y su gustillo no recordaba a nada saboreado en mi vida (ni tú en la tuya, vamos...).
Con el plato entre las manos, con todavía algún que otro trozo de “esas cosas” entre el tomate, busqué en cada resquicio de aquel cuarto con el fin de encontrar “algo” que se pareciese o al menos me ayudara a descubrir qué carajo me estaba comiendo... En la basura, nada. Por las estanterías, los armaritos... ¡nada similar!. Abrí el frigorífico como una posesa y comparé las sobras de los cuencos y platos... y ni un sólo resto se asemejaba a “esas cosas” que acompañaban mis macarrones...
Pero entonces... vi la luz... Allí se encontraba “la lata”. Esa lata grande, abierta quién sabe cuándo... Me apoderé de ella como si mi vida dependiese de ello. Estaba por la mitad. Medio llena o medio vacía, qué más me daba... La incliné... y allí se hallaban esa especie de gusanos gordos, viscosos y recortados... Y siete palabras claramente impresas en el frontal del tarro:
“PERRINAT, EL MEJOR ALIMENTO PARA SU PERRO”
El universo es muy justo, si ya lo decía yo...

viernes 21 de noviembre de 2008

63. EL ALIMENTO DE LA PERRA "TINA"



Primeros de mes. Dinerito en el bolsillo... (¿qué os creíais?). Mi hermana la mayor, Eva, me propuso acompañarla al supermercado para hacer una gran compra. Ese era uno de nuestros momentos preferidos, ya que entrábamos a la tienda con una pequeña lista de cosas de primera necesidad y, terminábamos llevando a casa todo tipo de porquerías innecesarias: gelatina Royal, chocolates, galletitas, bollería, donuts, polvos para hacer postres...
Nos adentramos en una zona nueva del establecimiento repleta de comida para mascotas. Y allí estaba aquella cosa: era como una barra de choped, pero más blanda al tacto. Se anunciaba como “El alimento de su perro”, aunque su aspecto era de embutido de los que consumimos las personas...
... Risas arriba y abajo, y decidimos finalmente comprarlo para gastarle una broma a nuestra hermana mediana. En la cola de pagar, nos permitimos la licencia de hacer unos chistes, comentando en voz alta “lo contenta que iba a ponerse nuestra perra Tina” (refiriéndonos a la que sería presa de nuestra burla...).
Llegamos a casa y, mientras guardábamos la mercancía, maquinamos el plan. Quitamos el plástico a la pieza y la cortamos en rodajas anchas que colocamos de manera coqueta en una gran bandeja. Era su textura muy parecida a la del foie gras, oliendo además muy similar. Sobre una
de las rebanadas pegamos bolitas de pimienta negra. La siguiente fue decorada con perejil seco de bote. Otra con unos clavos de especia formando un bonito dibujo... Una a una, distintas todas, hasta convertir aquella comida de perro en una suculenta bandeja de patés...
En la mesa de la cocina, sobre un mantelito mono, pusimos el invento y, a su vera, una gran barra de pan recién hecho...
Nos encontrábamos de espaldas a la repisa de la fuente, ordenando aún el contenido de algunas bolsas en una profunda despensa que abarcaba toda la pared. A todo esto, informaré que a mi hermana la mediana le fastidiaban bastante nuestras bromas, suficiente motivo para gastarle muchas y muy pesadas...
Sonó la llave en la puerta, un portazo, y los pasos de la hambrienta recién llegada caminando hacia nosotras. Nos había dado tal ataque de risa ya, por los nervios, que metimos las cabezas en aquella gran alacena simulando que todavía colocábamos la compra. Era muy importante que no nos viese la cara de guasa, para que no sospechase...
- ¡Mmmmmmmmmmm..., patés!!!!- exclamó eufórica por la emoción al ver el supuesto manjar.
Yo no podía ni hablar de las carcajadas contenidas. Me iba a dar un infarto de aguantar la respiración acelerada. Mi hermana la del “bolondro” cogió aire y, con voz rara por la represión del momento, susurró:
- Sí, son... para comer...- y continuó su risita silenciosa, mirándome de reojo.
La otra seguía a lo suyo:
- ¡Mmmmmmmmmm....! Finas hierbas, paté a la pimienta.... Me voy a hacer una rebanada de cada uno ¡para probarlos todos...!- gritaba con alegría.
Yo me sentía morir por momentos... Las contracciones en el estómago por el aguante, me obligaban a agacharme y empotrar las narices en el cubo de la basura situado en la parte baja del armario. Histéricas las dos del ataque, colocábamos y descolocábamos al azar paquetes de macarrones, bolsas de arroz, cajas de galletas..., haciendo creer a la mediana que estábamos “muy ocupadas” organizando la comida. En ningún momento se percató de nada, estrenando la barra de pan.
Primeramente se untó una tostada de “paté a la pimienta negra”. En un punto en que torcí un poco la cabeza con disimulo, vi que le había dado el primer bocado, por lo que tuve que hacer el esfuerzo sobrehumano más grande del día para que mi respiración entrecortada no dejara escapar una risotada. Soporté toda la sangre de mi cuerpo concentrada en la cabeza -la faz de mi hermana la del bolondro se tornó azulada por tanta vena hinchada, y supuse que la mía estaría parecida y un dolor ya inaguantable puso dura la parte media de mi barriga...
La otra seguía a lo suyo, si bien, no había parado en ningún instante. Ya no escuchábamos el “mmmmmmmm...”, pero tampoco se oyó lo contrario...
Una caja de leche allí, un paquetito de garbanzos allá... proseguimos con las ubicaciones, haciendo cada vez más ruido para que no se escuchasen nuestros jadeos por encima de su sonoro “masticar”...
La segunda tostada que se preparó fue la de “finas hierbas”, y sólo entonces el silencio de la cocina se rompió:
- Oye, ¿ésto está bueno...?-
Las carcajadas ampliadas por el eco de la despensa debieron escucharse entonces hasta en el piso de abajo. Caímos al suelo con lágrimas en los ojos, los estómagos apretados por el tormento pasado, ante una hermana mediana que nos observaba muy seria sin comprender aún lo que estaba pasando, y a medio camino del famoso “tic” del labio superior...
-¡Es comida de perroooooooooo...!- gritó la del bolondro sin dejar de reír y pataleando por las contracciones...
Con su trozo de pan con paté aun en la boca sin tragar, se levantó la otra pobre, marchó al lavabo, vomitó, nos llamó imbéciles, y nos retiró el saludo por bastantes días... No se fió de nuestras comidas en meses, y sospecho que hoy -trece años más tarde- aún nos la tiene guardada...
No aconsejo a nadie que practique en familia esta broma, aunque reconozco que me divertí como nunca... Hoy sé que el universo tiene un efecto rebote, y que lo que se siembra se recoge (y vaya si lo recogí tiempo después) (la semana que viene lo cuento....xD), pero es que aquel día no sé en lo que estaba pensando,de verdad... je...
pd. mi hermana "la del bolondro" es Eva. Algún día contaré cómo se ganó ese mote, relacionado con su faceta de cocinera en momentos de ruina ruinosa...)

sábado 15 de noviembre de 2008

62. MI PRIMER "SOCORRO"...


Os voy a contar una historia que siempre estuvo enclaustrada en mi memoria pero que nunca me decidí a dejar volar... Se la conté el otro día a Chi (siempre Chi!) y a mi amigo Molina, y al sacarla de mí, pues eso, que vi que no era pa tanto... Y ahí va...
Tenía unos 6 años y vivía en Castellón... Yo siempre fui una niña de las que se suben a los árboles, de las que no temen a los insectos, de las que corrían más que los chicos... Era una pedazo de valiente y quizás eso fue lo que me salvó de la soledad en mi mundo-tímido-exagerado... Porque para ello no necesitaba hablar, tan solo ACTUAR...
Si aparecía un saltamontes gigante, era la más rápida en cazarlo, sin temor... Sabía muy bien por dónde agarrarlo sin hacerle daño y cómo soltarlo sin que nadie más pudiera tener acceso a él. Ya sabemos que a esas edades los niños pueden ser muy crueles y acaban matando sus cacerías...
Por suerte mi padre, gran amante de los animales, me había dado siempre las instrucciones precisas...
Si lo que había era que coger ranas, la más veloz era yo y la que más pillaba...
Si aparecía un escarabajo gigante... la rapidilla que escribe lo tenía en sus manos en un instante sin ningún signo de terror en la cara...
Si había que entrar en una casa abandonada y oscura, pues sin dudar ahí estaba yo, a la cabeza de la excursión...
Por no hablar de subir a un sitio difícil... buah, chupao... El lugar más alto y peligroso siempre estaba adornado con mi presencia...
Por eso siempre me rodeé de chicos, porque me comprendían y me subían el ego en esos temas que para ellos eran tan requeteimportantísimos...
Pero claro, con 6 años, las cosas más importantes a veces son a la vista de un adulto algo ridículas...
Y, esa tarde, en medio de la ciudad, había conseguido encontrar "un palo"...
Parecerá un pegolete, pero en el mundo del asfalto UN PALO es un triunfo...
Además mi palo era recto, fino, larguito -para mi tamaño- y, encima, tenía en la punta una pequeña desviación...!!! ERA UN PALO MÁGICO!!! ...o al menos así lo sentí yo y presenté "en sociedad"...
En realidad era poco charlatana, pa qué me voy a engañar, pero si de repente la pandilla decidía caminar hacia la derecha, YO PODÍA INDICAR con mi palo-mágico la dirección escogida...
Si por ejemplo alguno intentaba describir algo cuadrado, redondo... MI PALO-MÁGICO formaba en el aire la silueta en cuestión, para mejor comprensión de todos...
Si el juego era de personajes fantásticos, el mejor papel -diría yo que el protagonista- me lo daban a mí, porque como yo era poseedora de un PALO-MÁGICO, siempre podría ser la que convertía a algun niño en sapo, o la que hacía la mejor magia...
Con mi palo-mágico fui la estrella aquella tarde de otoño...
Después de bastante rato por los alrededores de mi bloque con mis amigos, mi palo-mágico me hacía merecedora de las mejores candidaturas a jefa de la pandilla. De hecho, confieso que pude hasta emocionarme y tirarme el rollete demasiado, palo arriba, palo abajo... que parecía que el palo era el que ordenaba todas las acciones y, el resto, seguía sumiso las instruciones de mi palo...
De repente nos pusimos en fila india y planeamos caminar de punta a punta por toda la acera que rodeaba los cuatro bloques de pisos que formaban la fachada frontal de mi manzana... (esas cosas tan importantes que se hacen con 6 años, ejem...)
Y allí estaba yo, mariquilla la primera, con mi palo al viento en dirección al cielo y marcando el ritmo de los pasos de mi ejército...
Justo a la altura de mi cintura, estaban las ventanas de las porterías (en aquellos tiempos estaban en los sótanos, al menos donde yo vivía). Desde dentro de la casa de la portera, era una ventanita casi en el techo, pero desde fuera, estaban cubiertas por barras de forja que me recordaron a los ventanucos de unas cárceles de enemigos...
Pa darle un poco de emoción al asunto, agarré mi palo-mágico -ahora bastón de mando- dispuesta a dar a mi paso golpes en aquellos barrotes que impedían la salida a la libertad de la calle a mis imaginarios adversarios....
Esperaba un sonido algo así como : TRA TRA TRA TRA TRA TRA TRA...!!!!... pero no fue así...
Tan solo se escuchó un "fiu"...
Un "fiu" débil... que partió en dos mi palo mágico... Bueno, más que en dos, en uno -el trozo de mi mano- y en algo "como terroso"...
...Y, por cierto, acompañado de UN OLOR A MIERDA QUE TE CAGAS, nunca mejor dicho...
SOCORRO...
Sí. Mi palo-mágico era una mierda. Una mierda seca de perro, laaaaarga y fosilizada...
Un asco, vamos... Y claro, como mis primeros juegos con él habían sido "nada agresivos", solo de movimiento, pues se había mantenido rígida, y claro, un golpecito, por chico que fuera... lo desgranó...
Al instante todos los niños comenzaron a reírse a carcajadas, a taparse la nariz exageradamente, con aspavientos, a correr para alejarse de mi presencia, a acusarse de haber estado o no en contacto conmigo...
Durante una semana o más, a mi paso sólo se escuchaba:
-LA PESTEEEEE!!! ...NO LA TOQUÉIS, QUE TIENE LA PESTEEEEEE!!!!
Ahí nació mi primer SOCORRO.

sábado 8 de noviembre de 2008

61. YA TENGO "AMOTO"


HACE 14 AÑOS...


He tenido mil historias divertidas también con mi hermana mayor, Eva, la escultora, la cantante de Corazones Estrangulados, la lianta number one...


...En cierta ocasión me persuadió para que nos fuésemos a vivir a una casa que había encontrado en una zona bastante alejada de nuestro barrio... A mí no me venía nada bien mudarme tan lejos. Mi escuela de Artes y Oficios me pillaba al ladito y, el centro de la ciudad, a un paso. Pero ella, con esa “verborrea-herencia-materna” -comercial experta en ventas-, me convenció para que me fuese a su vera “pa” la otra punta del mapa, con el incentivo de que me iba a regalar “una moto de segunda mano con la que ir y venir” por esos caminos de Dios...

-¡Ya la he encontrado!!!. -me soltó un día- Sácate corriendo el carnet de ciclomotor, que en tres días vamos a recogerla, ok?. -aún recuerdo su cara de emoción por su suerte y rapidez en conseguirla.
En cuanto tuviéramos la moto cambiaríamos de domicilio. Me ponía todas las facilidades del mundo, como los vendedores de enciclopedias profesionales:
-Yo me encargo de la mudanza, te pago el permiso de conducir, y el “Vespino” será “pa ti pa siempre”...- y yo, no sospeché nada...

Llegó el miércoles de marras, por lo que marchamos a recoger mi futuro vehículo. Era un portal antiguo de barrio el lugar de la cita. Entramos,y a la derecha, mientras la vendedora salía a recibirnos, observé una motocicleta oxidada apoyada en la pared. Aunque sólo me fijé un instante, mi cerebro pudo reconocer que era una “Cady”. De esas que parecen bicicletas pero con motor, con un sillín gordo hortera y, además, con una caja atada atrás donde se acertaba leer: “Frutas Mari Carmen”. Más o menos como la que lleva “el tío que vende los higos chumbos” en mi pueblo de veraneo. En un segundo en que la dueña de la casa estaba despistada, hice un gesto a mi hermana indicándole mi hallazgo, como diciendo:
-¿No será “eso” la moto, no?- a lo que ella negó ofendida con la cabeza.

Después de hablar un rato con la colega, mi hermana procedió a entregarle las 20.000 pesetas apalabradas y, la otra, me dio los papeles oportunos. Ya los dichosos “papelitos”, acartonados y descoloridos, daban cuenta de que el vehículo no era de segunda mano, sino de SEXTA, detalle super importante, la verdad...
- Bueno guapas... -dijo la de la venta con cara de haberse deshecho de un muerto- ...¡pues aquí está la moto, que ya es vuestra...!!!- y sonrió señalando la “Cady” del portal... (todos juntos, como en el 1, 2, 3: ¡no me lo puedo creer!!!).

...¡Glup...! con cara de patata, la sacamos como buenamente pudimos a la calle, sin quejarnos ni nada (eso no era un Vespino ni de coña), por el corte... Cuando la mujer desapareció mi hermana pregonó:
-¡Higos de pala, señores!!! ¡A lo barato hoy!!!!- que era lo mismo que voceaba el “tío de los higos chumbos” que frecuentaba nuestro pueblo de mar...
...¡GGGGGGGGRRRRRRRRRR.....!. Eso no era una moto, señores... ¡Era un auténtico “amoto”!!!. ¡El genuíno “amoto” de robar bolsos!!!. Y a mí me iba a dar algo imaginándome allí montada. Porque para colmo de mis males, el lote traía un casco. De esos cascos “comíos” de mierda, cortos
y con visera (con una pinta de ilegal que no podía con ella)... Y en vez de “pitón”, nos dio una cadena -de esas enormes de los fantasmas-, cuyo óxido hacía juego con el “supuesto rojo” desconchado que decoraba esa “bici gigante”.Intentamos arrancarla -por supuesto había que pegar una gran carrerita para ello- y descubrimos, adosado, un tubo de escape plateado y de distinto tamaño que el que le correspondía. La habían rectificado con una pieza que no tenía nada que ver con el resto de aquel artefacto inmundo. Aunque lo peor de todo fue que era tan bajita que me hacía parecer la rana Gustavo montada en ella... ¡Las rodillas me llegaban hasta las orejas!!! “Descojonás perdías” marchamos en el “amoto” a la nueva casa, y allí maquinaría cómo ir a clase al día siguiente.
-¡No está tan mal!- gritaba la falsa de mi copiloto.

Amaneció. Era mi primera salida formal. Yo, tan moderna, que siempre me habían dicho que parecía sacada de una película de Almodóvar... y que montada en mi “Cady” no me iba a llamar ni Quintero para su “Cuerda de presos”... El colorido de mi vestimenta no pegaba ni con cola con el de mi cuarteado vehículo. El mini-casco de hípica me aplastaba el mono cardado de mi pelo, haciéndome parecer un payaso calvo, y las rodillas me destrozaban los lóbulos de mis pabellones auditivos.
Menos mal que no suelo usar pendientes...

Nada segura de mi misma, entré a casa a por una gafas de sol. Como no encontré unas de bucear que me cubriesen bien, me decidí por unas gigantes, tipo “mosca”, convencida de que nadie me iba a reconocer en mi camino a la escuela...
¿ Nadie?. ¿Dije “nadie”? ¡Me sentí como Juan Pablo II en su “papamóvil”...!
La palma de la mano, morena de tanto saludar. Me encontré a amigos, conocidos, ex-vecinos, antiguos compañeros de estudios, al frutero... y TODOS se percataban de que era YO la que conducía aquel “amoto”... Socorro... Como de orientación estoy fatal, tardé lo impensable en encontrar el camino -nunca antes había conducido- de mi escuela.

Si tenía que cambiar de carril, como me daba vergüenza extender un brazo para indicárselo a los coches de atrás (ya que de intermitentes tenía “cero patatero”), me paraba y aparcaba. Me fumaba un cigarrito, y esperaba a que todos los vehículos se hubiesen marchado.
De nuevo arrancaba y, así, hasta una nueva curva. ¡Cuarenta y cinco minutos invertí en un caminito de diez!. Al llegar a mi destino, miles de alumnos se agolpaban en la puerta, por lo que di media vuelta y decidí estacionar mi “óxido de dos ruedas” en casa de mi progenitora, 200 metros más lejos. Así evitaría ser el hazmerreír de la clase.

Como la única seguridad que tenía para que no me la robasen (no sé quien, pero bueno) era la cadena del fantasma -sin ningún cierre- cogí prudente un candadito (de esos de joyero) con el que uní los dos inmensos eslabones y luego lo camuflé por detrás de la rueda.

El camino a casa fue aún peor. Tuve que llevar andando la “Cady” hasta una avenida cercana a la casa de mi madre. Así tendría espacio para pegarme “la carrerita” necesaria para que arrancase.

Imaginad: 6 de la tarde, verano, acera de los jardines de la Victoria (frente al semáforo lleno de una ancha carretera de 3 carriles) y, yo, con ese casco jinetero, corriendo para conseguir que el motor comenzase su trabajo. Corre que te corre -“amoto” en mano- y ...¡se queda “pillao” el gas al mover el “manguito” de arrancar...!!! El ciclomotor empezó a correr mil por hora, mientras yo volaba como un muñeco de trapo con las manos pegadas al manillar... Socorro... Al final se fue sola, cruzó la carretera, y colisionó contra la pared... en tanto que yo me estampaba contra el suelo de aquella avenida llenita de coches.

Tierra trágame. Por supuesto, que nadie me ayudó -ni me preguntó que cómo estaba-, quizás por el miedo que producía mi persona con esas pintas, las gafas y la “boina” de motorista. Rauda y veloz me levanté, con el odioso “tic” del labio que aparecía sin que nadie lo llamase, caminando
hacia la moto -el semáforo seguía rojo y con una cola que te cagas- y poniéndola en pie. Para disimular frente a los que habían presenciado la escena, escogí la opción de hacer “como que estaba arreglando la cadena”... ¡Vaya tontería!, ni que una moto fuese como una bici... Dándome lo mismo que la gente se diese cuenta de la subnormalidad que estaba aparentado arreglar, continué toqueteando “cosas” por los bajos de mi “Cady”. Hacía un calor del copón y, con las manos llenas de grasa, limpiaba el sudor de mi frente sin darme cuenta de que si antes daba un poco de miedo, ahora parecía el mismísimo “deshollinador”...

Los pedales estaban machacados, madre mía... Me mantuve en esa posición hasta que el semáforo se puso en verde y, cualquiera que hubiese podido verme, estuviera ya en su casa. Pasó el peligro y comprobé, con un agobio impresionante, que ya no se podía arrancar, por el golpe. Por lo que tuve que marchar a mi casa del quinto coño en el “coche de San Fernando”, con la cara llena de mugre y mi compañera de 20.000 pesetas. Por supuesto que las gafas y el “medio coco con visera” me los dejé cubriendo mi cara de achicharramiento...

Mi hermana se meaba viéndome llegar, por supuesto, tan solidaria ella... y tan hija de su puñetera...
Fuimos al taller de al lado de nuestro hogar a medio mudar y, el mecánico -cago en “tó”-, me comunicó que ellos “no arreglaban esas motos de choris”, que “siempre que les llegaba una, luego no les pagaban”, que “ese era un barrio muy conflictivo” y que lo sentía mucho...

...Y esa es la historia de mi vida de conductora... No tengo carnet de coche, y el de ciclomotor está guardado “donde yo no lo vea”. Ni siquiera puedo contar a mis nietos que tuve moto, porque mi única posesión fue... un “amoto” que, para lo que me sirvió...

sábado 1 de noviembre de 2008

60. VAYA UNA GITANA!!!!


La familia de mi chico está sembrá, pero en particular su tía...
Ella vive en Madrid, y viene a Córdoba en vacaciones o en fechas señaladas... Con la maleta cargada de comida y regalos para todos...
Es la reina de la anécdota. Pero ni siquiera te las comenta para hacerte reír.... Simplemente llega y nos pone al día con historias cotidianas suyas... y lloramos de la risa todos.
Me encanta que venga porque su casa se llena en torno a la mesa... y ella comienza a relatar. Es super expresiva y ha tenido una vida dura, pero siempre ha sabido salir airosa de todas las situaciones. Y su tono de voz, sus gestos, sus aspavientos mientras habla, jamás le hacen perder la sonrisa por triste que sea lo que nos cuenta...
Así que cuando la señora viene unos días a Córdoba, todo son llamadas de teléfono para avisar que que "ya está aquí"... Podría pasar días y días hablando de ella, pero me voy a remitir a una de las historias que más gracia me hicieron cuando me la contó.
En su cara todavía está presente la belleza de su juventud. Flamenca y gitana donde las haya, humilde, y presente igualmente en la casa de un pobre que de un rico... A todos se los gana...
Siempre ha trabajado para gente de "mucha categoría", como dice ella, y todos la adoran...

Cuenta la gitana que la invitaron a un concierto en una sala , donde actuában varios de los grandes cantaores y guitarristas del país... La había llamado una jefa suya (no recuerdo el nombre pero es muy gracioso verla pronunciar ese apellido complicado, muy fina ella...). Al evento iba, acompañado de esa señora y entre otros, Emidio Tucci....
Total que la buena mujer, termina de trabajar y se va corriendo a su casa para ponerse guapa...
Iba tarde, pero lo logró.
Con el tiempo pegado al culo, comienza su trayectoria de autobuses, metros, trasbordos...
La llamaban por teléfono constantemente para que se diese prisa, que querían que ella entrase al lugar con ellos... Tenían mucho interés en conocerla...
De repente ve que el último autobús que tenía que coger antes de entrar en el metro se le escapaba, pega una carrera de esas bestiales para que no se le fuera y... OH!!!... El zapato !!!!

...Se le había despegado toda la parte de alante del zapato!!!! jajajajajaja... pero además a lo burro. Todo el cuero ese que va como por dentro, salido, medio pie fuera... ¡y sin tiempo para volver atrás!!!!...jajajajaja...
No podía andar... chof...chof...chof.... y le iba a dar algo... Y encima Emidio Tucci... socorro....

Se pone a pensar, a pensar, mientras espera al último metro... y no se le ocurre otra cosa a la gitana que comprarse dos paquetes de chicles antes de montar en el vagón. Jajajajajajaja...

-Yo notaba que todo el mundo me miraba -contaba- pero me daba lo mismo...-jajajajajaja...
Y es que... solo se le ocurre a ella...jajajaja...
Pasó todo el viaje mascando chicles como una loca, de los nervios, sin saliva casi, y a medida que se iban poniendo blandos los iba poniendo por entre la suela... y pegando así el zapato...jajajaja...
Y es que la estoy viendo...jajajaja... Dos paquetes de chicles de Bang bang enteritos, con la boca llena de un bolón que te mueres de chicle...y la gitana pegándose el zapato...jajajajaja...

Cuando bajó del metro, otra llamada de teléfono:
-Coooorreeee!!! que estamos en la puerta esperándote!!! que ésto empieza yaaaa!!!...

Y esa tía de mi chico corriendo por las calles, con su zapato que pesaba ahora medio kilo más...jajajajaja...
Ya estaba llegando, y a lo lejos veía las siluetas de su amiga haciéndole señas, de otros cuantos, de Emidio Tucci...jajajajjaja.... Y SE LE ABRE EL ZAPATO CON TODOS LOS CHICLES POR AHÍ FUERA!!!! jajajajaja... socorro...jajajajajaja....

Total que, como buenamente pudo, escondiendo el pie lleno de chicles pegados por todos lados, la suela abierta, los cueros esos salidos... jajajajja... se presentó...jajajjaja...
Y le dice su amiga.....
-Pero bueno, qué te ha pasado en el... pie??????-jajajajaja...

Al final tuvo que confesar su hazaña, por lo que, como siempre, se los metió en el bolsillo al instante....